Huellas invisibles
«No la saca ni pa los temblores» dicen de los maridos fomes que jamás llevan a la señora más allá del patio. Y este bloguero casi llegó a ese extremo: ya sólo escribo para los terremotos.
¿Cómo pasé de bloguear una vez a la semana a mi condición vigente de mudez absoluta? Hasta la rana que se descubre sumergida en agua hirviendo se ríe de mi indolencia: jamás vi llegar el momento en que mis somníferos escritos dejaron de ser tema obligado en matinales, cócteles y bautizos, y se convirtieron en un apunte extraviado entre las páginas de un viejo libro archivado en la biblioteca destruida de un pueblo abandonado en un país olvidado de un continente sumergido en algún planeta ya extinto.
Cosas que decir no faltaron, y saberlas perdidas es decepcionante. Sin un rastro de ideas diseminadas estratégicamente en el camino recorrido, ¿cuál es la vara para medir mi avance? Ante el inexistente anecdotario, ¿qué certeza puedo tener de que la engañosa memoria no se burla de mí? Es preciso retomar la costumbre de dejar huellas perpetuas, y lo hago ahora mismo.
Tu público te echa de menos.
Fdo. Tu público
Gracias por el apoyo, Público :)
Te falta hablar sobre todas las onces que has tomado en este tiempo de ausencia
Las onces no son para hablar, son para comer (e idealmente parasitar :P).