Del día que me pidan

Huellas invisibles

Posted in Bitácora by Roberto Bonvallet on 28 \28\UTC agosto \28\UTC 2010

«No la saca ni pa los temblores» dicen de los maridos fomes que jamás llevan a la señora más allá del patio. Y este bloguero casi llegó a ese extremo: ya sólo escribo para los terremotos.

¿Cómo pasé de bloguear una vez a la semana a mi condición vigente de mudez absoluta? Hasta la rana que se descubre sumergida en agua hirviendo se ríe de mi indolencia: jamás vi llegar el momento en que mis somníferos escritos dejaron de ser tema obligado en matinales, cócteles y bautizos, y se convirtieron en un apunte extraviado entre las páginas de un viejo libro archivado en la biblioteca destruida de un pueblo abandonado en un país olvidado de un continente sumergido en algún planeta ya extinto.

Cosas que decir no faltaron, y saberlas perdidas es decepcionante. Sin un rastro de ideas diseminadas estratégicamente en el camino recorrido, ¿cuál es la vara para medir mi avance? Ante el inexistente anecdotario, ¿qué certeza puedo tener de que la engañosa memoria no se burla de mí? Es preciso retomar la costumbre de dejar huellas perpetuas, y lo hago ahora mismo.

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Cuestionable veteranía

Posted in Bitácora by Roberto Bonvallet on 25 \25\UTC abril \25\UTC 2010

El dolor de muelas, un gallito inoportuno, una broma pesada, siete lágrimas al decir adiós y una abducción extraterrestre son cosas que algún día a todos nos tienen que pasar. Si se es chileno, además le tocan a uno un par de terremotos de yapa.

Mi primer temblor fue en el jardín infantil. Era yo un adorable chavalillo, inexperto en las danzas sísmicas, sentado en torno a una mesa a la hora del almuerzo. Las placas hicieron su baile acostumbrado, y el pequeño jardín de madera se unió a la coreografía. La tía leyó el pánico en nuestros rostros imberbes. Sugerí que la construcción se vendría abajo, pero ella reafirmó mi confianza intentando derribar las paredes sin éxito. «¿Ves?, no se va a caer», dijo mientras empujaba las tablas con pasión. El recuerdo de ese gesto me es mucho más vívido que los de sus labios pulposos y su escueta falda, pues me enseñó que si la casa quedó en pie, seguramente no hay razón para preocuparse. Desde ese día, nunca me asustaron los temblores.

Siempre tuve claro que un día me iba a tocar. Mi región es la del peor terremoto de la historia, y desde siempre fui testigo de sus consecuencias, que hasta el día de hoy son visibles. La conciencia de esta catástrofe, el adoctrinamiento deyse y el recuerdo de la candente parvularia fueron mi formación para mi primer terremoto. Sólo me faltaba la experiencia real para graduarme de veterano sísmico.

Yo me había acostado recién aquel sábado. El temblor empezó suave, pero intuí que había llegado el momento. Me puse bajo el marco justo a tiempo para que la Tierra confirmara mi predicción. Todo ocurrió tal como yo esperaba que fuera: el estruendo subterráneo, las paredes sacudiéndose, las cosas cayendo al piso, la luz cortándose al primer movimiento brusco. Haber imaginado el escenario tantas veces me permitió vivirlo sin miedo ni preocupación, así que me dediqué a contemplar el fenómeno, aprendiendo cada detalle para recitarlo en mis relatos. Finalmente me estaba convirtiendo en un veterano de terremoto.

Lo que sí me impactó, debo decir, fue sentir bajo mis pies el cemento del patio como si fuera gelatina. Hasta hoy, de vez en cuando, golpeo ese frío suelo con los nudillos, y no me convenzo que durante esos dos minutos logró despojarse de su ruda dureza para comportarse como el más pusilánime de los líquidos.

Salí a la calle a ver cómo seguía el resto del mundo. La luna llenísima era lo único que alumbraba las variadas reacciones de los vecinos. Algunos ya se habían encerrado en sus autos, para rajar a la primera réplica. Otros permanecían en sus puertas aferrados a sus radios a pilas, aparatos que siempre desprecié pero que en ese momento envidié como el más malcriado de los niños. Todos invocaban a Richter para achuntarle a la magnitud, y teorizaban que el epicentro fue en su propia casa. Yo también.

Partí a ver a Cristián, que vivía a un par de cuadras. La recepción de su edificio tenía electricidad y tele, y las noticias comenzaron a llegar con gotario. ¿Epicentro en Concepción? ¿Grado 9? ¿País cortado? Mis ínfulas de veteranía se diluyeron de inmediato.

El resto de la historia la fui conociendo de a poco en los días siguientes. Tusunami, saqueos, derrumbes, desaparecidos, pueblos aislados. Yo no era un veterano, sino un aprendiz aún. No era afortunado por haber tenido la experiencia, sino por no haberla vivido en su total magnitud. Sin embargo, había una lección que rescatar: no hay que pretender ser víctima mientras hay otros que la tienen peor que uno.

En mi memoria quedarán para siempre el cemento gelatinoso, la parvularia sensual, y la seguridad de saberme capaz de mantener la calma, que necesitaré cuando tenga dama y niños que proteger durante alguna catástrofe futura. Pero mi medalla de veterano quedará guardada hasta que realmente la merezca.

Sé que el tema del terremoto ya está añejo y trillado, pero la cosa anda lenta por acá y necesitaba un artículo para rellenar.

Se lava

Posted in Bitácora by Roberto Bonvallet on 4 \04\UTC febrero \04\UTC 2010

Se lava a estudiante. Tía Tyarah.

Usted es un marciano. Tras varios meses de viaje interplanetario usted llega a la Tierra, y lo primero que ve es el cartel de la foto. ¿Cómo interpretaría usted, con sus precarios estudios del idioma terrícola y de sociología homo sapiens, este aviso?

¿Uno lleva a su estudiante donde la tía para que lo laven?

¿Uno va donde la tía para que te den un estudiante lavado?

¿A uno lo lavan mientras uno estudia?

Yo creería que se trata de un espectáculo donde uno paga un par de lucas por ver cómo la tía Tyarah lava furiosamente a un pobre estudiante indefenso en un escenario tipo coliseo romano, frente a una multitud colérica y entusiasta. Los pulgares de los espectadores decidirían si el joven es liberado, o si continúa siendo lavado, cada vez con mayor profundidad e incorporando más partes del cuerpo al proceso. Habría apuestas sobre si el infeliz sobrevive al lavado, y los más arriesgados apostarían a que el lavado borre los rasgos de su cara, y deje expuesta parte del cráneo. Los cánticos de la hinchada incrementarían la sed de lavados sanguinarios de la tía, y la motivarían a madrugar al día siguiente para capturar una nueva víctima incauta, más sucia que la del día anterior.

Los marcianos tienen una imaginación desbordante.